El joven socorrista, ataviado con la indumentaria clásica de bañador azul y línea amarilla, charlaba amistosamente con una de las numerosas madres que pasaban la mañana en el club de natación. Con un ojo puesto en la piscina principal y el otro en su interlocutora, disfrutaba de las vistas que la señora le ofrecía, entre orgullo e inocencia calculada.
Rubia, de unos cuarenta y tantos, y bien formada tras años de piscina y sol, fumaba ella mientras animaba la conversación con sus femeninos gestos. Su bikini verde oliva cubría carnes firmes y pechos expertos. El joven, alentado por los vaivenes de cadera de la fumadora, imaginaba momentos de placer, disciplina y deberes cumplidos de la que quisiera fuera su profesora en el arte amatorio.
Ella, especialista en la juventud de la sociedad en la que se movía, apresuraba sus ojos hacia lugares ocultos por el color azul y no el amarillo de sus bermudas.
No era la primera vez que alimentaba sus deseos con el cuerpo de un imberbe. No hacía mucho que dejó de ser correspondida por un entrenador de baloncesto que enseñaba a sus hijos los martes y jueves. Era tras los partidos cuando el entrenador daba clases a la madre de cómo mantenerse joven con masajes de un amante cargado de placer y que siempre respondía a sus apetitos, simples, sucios y benéficos.
La cazadora ya había elegido a su presa y sabía que sólo debía esperar el momento oportuno. Su turno terminaba a media mañana y le invitaría al bar a hablar de sus hijos y del tiempo que llevaba asociada al club. Empezaría hablando de cómo el club sigue igual con los años, del polvo acumulado en las pasarelas donde cuelgan las banderas, de la dificultad de subir y bajar a la piscina cubierta, y de los innumerables resbalones que se veían diariamente. En el momento clave le acompañaría hacia las duchas y simularía que se doblaba el tobillo y le pediría que le acercara a su casa, siempre cerca y vacía. Allí estaría en terreno propio y tomaría las riendas durante un par de horas. Él no se negaría a cumplir el sueño de todo lozano adolescente.
Tal vez, dentro de muchos años, entendería lo que una lolita significa para un cuarentón y se acordaría sonriente de lo ocurrido cuando tenía diecisiete años.
Si en el fondo es lo que nos decían nuestros abuelos, siempre que mires adelante no te olvides de mirar atrás.
ResponderEliminarMoraleja..nunca des la espalda a un/a desconocido/a.