En la cola del paro nadie se diferencia de nadie. En ocasiones te das la vuelta para ver lo larga que se va haciendo, pensando qué habría ocurrido si hubieras llegado media hora antes o media hora después.
Pero lo lógico es mirar adelante y ver quien hay; oriundos, inmigrantes, familias completas, algunos con chaqueta y corbata, otros con barba de varios dias y el multiuso chandal, pero todos con un mismo objetivo: pasar la mañana acompañados por la femina Esperanza; esperanza de terminar lo antes posible para volver a casa o a ese trabajo sumergido en la ilegalidad, esperanza de ver tu nombre en una nómina.
Pasa el tiempo y desaparecen el frío y las emociones. Deseo de terminar. "Son tres colas", te dicen los que ya pasaron por este trago; "pasas la mañana entera, pero no te olvides de ningún papel porque volverías a sufrir la cola de nuevo... ¡y tienes un plazo!".
Entonces, durante la espera, tus dudas se centran en los papeles y, lo más importante, cuándo y cuánto tiempo disfrutaré del paro.
¿Disfrutaré? ¿Realmente se disfruta de esta situación? Hay de todo. El que se lo toma como unas vacaciones pagadas, el que se averguenza de su estado, el que está claramente desesperado y lo pregona a los cuatro vientos, el que no sabe qué hay que hacer por ser su primera vez y, por supuesto, el que no le preocupa comentar con desconocidos que trabaja sin contrato.
¿Y las llamadas? El móvil es el elemento material al que te aferras desde que te echaron o terminó tu contrato. "Ese teléfono no lo conoces ¿Será alguien que ha visto tu curriculum en alguno de los innumerables sitios donde lo has colgado? No, los del gas para la revisión, algún amigo o familiar que llama desde su trabajo y no conoces su número, o el departamento de atención al cliente de tu operador telefónico.
Son las nueve y ya abren. Algunos pícaros, mejor dicho, caraduras se arremolinan en la puerta, a ver si pueden colarse. Pero la fila está viva y no permite que se salten sus normas básicas de fucionamiento. Los que están más pendientes les llaman la atención. Los que se encaran con la fila tienen todas las de perder. La fila se une en una única voz y expulsa a esos indeseables que no respetan las normas no escritas.
Vamos entrando a cuenta gotas, agradeciendo el calor de la oficina y comenzando a absorber los diferentes aromas humanos que la calle no te permitía degustar. Sudor, tabaco, alientos y demás indican la situación de cada uno: inmigrantes que comparten piso o cama, con o sin ducha, pero el turno de hoy no les ha dado tiempo a asearse como les gustaría; recién duchados que huelen a fuerte perfume; o, simplemente, sin olor propio.
Nada, se acerca tu numero en las pantallas y vuelves a la realidad de ser uno más de los que salen en cualquier telediario.